El Congreso Nacional Popular de China , al cierre de su última reunión el 5 de marzo, confirmó la meta de crecimiento económico de entre 6.5 y 7 por ciento para 2016. Esta meta equivale a casi la mitad de las espectaculares tasas de crecimiento de dos dígitos alcanzadas, durante más de tres décadas, así como ilustra la magnitud y el significado de la transición económica de China. De un modelo basado en el crecimiento conducido por la exportación, mayormente de manufacturas, la economía china está transitando hacia un modelo basado en el consumo doméstico y los servicios.

Entre las principales consecuencias para la economía mundial de esta transición está una reducción de las importaciones, la cual ha afectado primordialmente a las economías vecinas, así como a los exportadores de materias primas del resto del mundo. También revelador de la desaceleración es la contracción de la producción industrial a 5.1 por ciento en febrero, desde 6.7 por ciento en enero, mientras que las exportaciones disminuyeron 25.4 por ciento en febrero, sobre una base anual.

Además, varios episodios de intensa volatilidad financiera se han desbordado hacia los mercados financieros mundiales. En 2015, estimulados por la expansión crediticia, los mercados de valores de China aumentaron  más de 100 por ciento, seguida por con una caída de 40 por ciento hacia fin de año. Por último, una leve devaluación del renminbi estremeció los mercados mundiales. El último día del Congreso, en una conferencia de prensa, el Primer Ministro Li Keqiang reconoció que persisten algunos riesgos de deterioro.

Por Isaac Cohen*

*Analista y consultor internacional, ex-Director de la Oficina de la CEPAL en Washington. Comentarista de economía y finanzas de CNN en Español TV y radio.